Saltos de agua en Asturias

Una de las características más trascendentes de la naturaleza astur es, sin lugar a duda, la abundante presencia de agua. Buena parte de la lluvia se canaliza por los cursos fluviales, los cuales suelen manifestar una transformación gradual desde su cabecera -donde predominan fuertes repechos y fenómenos erosivos- hasta la desembocadura; allí impera la horizontalidad, con flujos más sosegados y dominancia de procesos sedimentarios. Las marcadas pendientes en recorridos cortos de los ríos regionales acrecientan la fuerza erosiva de sus cauces, excavando unas veces hoces y desfiladeros para salvar los grandes paredones pétreos que los obstaculizan o, en otras ocasiones, las aguas se precipitan al espacio, hecho originado tanto por diferencias litológicas como por causas tectónicas.

El desnivel que deben salvar las corrientes hídricas puede alcanzar varios centenares de metros. Las cataratas o las cascadas (según una escala decreciente) integran tramos en los que el río no fluye, sino que abandona su lecho y cae al vacío por efecto de la gravedad. Estas manifestaciones hidrogeológicas van acompañadas de espuma, nubes acuosas y remolinos en su base. La caída libre de las aguas suele engendrar grandes torbellinos que, si disponen de suficiente material abrasivo, dan paso a una acción de socavación en la zona del pie, provocando el derrumbamiento de sus paredes rocosas y un efecto remontante, con el consiguiente retroceso del talud.

Las cascadas asturianas se encuentran irregularmente repartidas por los ríos y arroyos de todo su territorio. Aunque el número de las existentes es incontable, entre las más conocidas y visitadas se registran del orden de una veintena. Hay que enfatizar que constituyen uno de los tesoros medioambientales más preciados con que cuenta la región.

Saltos de agua en el Occidente

En el sector occidental, con frecuentes litologías cuarcíticas y pizarrosas, destacan las de Cioyo (Castropol), La Salgueira (Taramundi), Seimeira (Santa Eulalia de Oscos), Pandecabras (El Franco), Rigueiro del Ferrado (Illano), Mexica (Villayón), Oneta (Villayón) y Aguas Blancas (Cangas del Narcea), esta última alcanza una diferencia de cota de 60 metros. Las más afamadas, desde un punto de vista turístico, son las de Oneta, tres cascadas que se encuentran en un paraje con una frondosa vegetación. La primera, llamada La Firbia (topónimo que debe proceder de «fervir», hervir), resalta por su espectacularidad, ya que tiene una caída que rebasa los 15 metros; la segunda recibe la denominación de La Firbia de Abajo o de La Ulloa, a la que se accede tras descender río abajo una acusada pendiente, y la tercera, bautizada como Maseirúa, es la más pequeña y casi inaccesible por encontrarse en un abrupto enclave.

Saltos de agua en el Centro

En el sector central, donde coexisten materiales areníticos y carbonatados, cabe citar las siguientes: El Corralón (Somiedo), Sousas (Somiedo), Friera (Illas), Escañoriu (Corvera de Asturias), Xiblu (Teverga) -asimismo con una sucesión de tres cascadas que suman más de 100 metros de desnivel-, Buanga (Oviedo), Hoces del río Pendón (Nava) y Hoces del río Pino (Aller).

Saltos de agua en el Oriente

Por último, en el sector oriental, con dominancia de rocas calizas, sobresalen las de: Hoces de Llaímo (Sobrescobio) -en la ruta del Alba-, Tabayón del Mongayu (Caso) -ubicada en el parque natural de Redes, con un salto de agua de 60 metros y monumento natural desde 2003-, Obaya (Colunga), Aguasalíu (Ponga), Covadonga (Cangas de Onís) y Cares (Cabrales). La acreditada cascada de Covadonga -con un hidrónimo delator de la presencia de agua- es, en realidad, la salida del arroyo Las Mestas que se sume en una gruta de la recóndita y pastoril Vega de Orandi -situada unos 300 metros más arriba-. Sus aguas reaparecen bajo la santa cueva y se precipitan en el «pozón», tras recorrer un intrincado y laberíntico aparato kárstico constituido por galerías horizontales y pozos verticales labrado en la peña caliza del Auseva; se trata de un ejemplo muy característico de lo que en geología se conoce como «valle ciego». En tiempos de grandes lluvias, o en épocas de deshielo, el caudal que se despeña es enorme, formando tres «chorrones» -con el significado de chorros voluminosos-, como fielmente plasmó Francisco Reyter en un célebre óleo el año 1776, salpicando de gotas todo el entorno y originando un intenso bramido. Estos acontecimientos ya eran sabidos a mediados del siglo XIX, tal como recoge Pascual Madoz (1847) en su libro «Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España» (t. VII), al relatar: «el río Deva (debe decir Las Mestas) sale por debajo de dicha cueva despeñándose de una altura de 90 pies (unos 27,5 m); en tiempo de avenidas rompe por varios puntos, formando chorros de formas y altura diferentes, siendo el mayor el que sale bajo la ermita, y cae perpendicularmente en el pozo con grande estruendo; cuya imponente perspectiva sólo se disfruta en tiempo de lluvias».

 

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