¿Altera el turismo de naturaleza el comportamiento de los grandes carnívoros?

Para responder a esta pregunta ponemos sobre la mesa varios estudios en Escandinavia y la cordillera Cantábrica con grandes carnívoros como el oso y el lobo. La primera conclusión es que hay que evaluar mejor los posibles efectos negativos del turismo basado en la observación de la fauna silvestre, sobre todo las alteraciones en el comportamiento de los animales. Otra evidencia es que las administraciones con responsabilidad de gestión no están respondiendo con diligencia ante el auge de esta actividad.

Durante décadas, los esfuerzos de conservación de grandes carnívoros como lobos, osos o grandes félidos se han centrado en problemas tales como la fragmentación y pérdida de hábitat y las altas tasas de mortalidad inducidas por el hombre. La persecución humana ha generado reducciones y desapariciones de poblaciones a escala global y, por tanto, disminuir el riesgo de extinción y asegurar la viabilidad demográfica y genética de los grandes carnívoros vienen siendo objetivos prioritarios.

Recientemente se ha empezado a reconocer la importancia de otros efectos de las actividades humanas sobre la fauna silvestre, tales como las alteraciones de su comportamiento: los animales cambian sus patrones de alimentación, descanso y vigilancia y seleccionan las zonas más abruptas y con vegetación más densa, es decir, aquellas que son menos accesibles para el hombre.

Muchos carnívoros diurnos en áreas remotas son en cambio crepusculares o nocturnos en áreas humanizadas. Es el caso del oso pardo en Norteamérica o Europa, continente donde la historia de su persecución es más larga. Si se sienten amenazados, los animales dedican más tiempo a vigilar o huir que a alimentarse y descansar, lo que puede tener consecuencias demográficas sobre el tamaño y la viabilidad de la población. Desde la perspectiva de la gestión, un objetivo esencial es minimizar la interacción entre los carnívoros y el ser humano, para reducir molestias a estas especies, pero también para prevenir ataques al ganado u otros bienes –colmenas y cosechas, entre otros– e incluso a personas. El contacto con el hombre aumenta el riesgo de mortalidad de los carnívoros, por lo que deben evitarse actividades que puedan generar la pérdida de miedo o la habituación de los animales.

Andrés Ordiz (www.revistaquercus.es)
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