La carta

He vuelto a casa. A aquella casa encalada que construí sobre un promontorio mirando al Mediterráneo. Al empujar la puerta, hinchada de humedad, los goznes han chirriado dándome la bienvenida. El aire, caliente y húmedo, ya no olía como aquel día, hace ya tantos años, en que cerré la puerta para siempre.

Las sábanas que cubren los muebles viejos y desportillados están bañadas de un moho grisáceo y maloliente. Es el moho del tiempo, que se deposita sobre las cosas y sobre la memoria. El moho de la historia. Sobre el aparador de la entrada, arrugados y húmedos, descansaban unos sobres cerrados con matasellos muy antiguos. Correspondencia de aquel año en que cerré aquella puerta tras de mí. Cosas de la guerra. Cosas asquerosas. Curioso, agarré aquel montón de cartas y salí al jardín. Acababa de llover y las gotas brillaban en los granados como agujas de luz hiriendo mis cansados ojos.

Los mirlos cantaban escondidos en el tiro de la chimena y había una luz de harina que achinaba mis ojos. Aquellas cartas húmedas eran noticias del banco. Noticias viejas acerca de un dinero que se había hecho humo hace ya tantos años, cuando todavía me parecía importante…

Pero una de ellas me llamó la atención. Era diferente. La enviaba un notario. Curioso, rasgué el sobre y mientras sentía el sol abrasando mi espalda, leí la fecha de envío. 14 de julio de 1998. Hacía ya tantos años… Y entonces lo comprendí todo. La respuesta a tantas preguntas surgió de repente. La razón de tanta soledad. De tanta incomprensión.

La carta era un certificado de defunción. De mi defunción.

Estaba muerto. Y tan solo…

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