Veinticuatro de Diciembre (5 de enero de 2012)

Ayer, veinticuatro de diciembre, volví a no celebrar la Navidad. Y ello fue en sí mismo una celebración. Celebré no celebrar mientras más de medio mundo celebra. Junto a mi socia, cómplice, compañera y amor, o mi amor, compañera, cómplice y socia, decidimos, como cada año, hacer de esta noche una noche normal. Es más, decidimos celebrar un almuerzo de Nochebuena, o de Tardebuena.

Esa misma mañana salimos a dar un paseo por nuestro Madrid. Barrio de las Cortes, Barrio de Las Letras, Puerta del Sol,…  Nuestro universo particular, de calles entrañables y canallescas, transitada y cruzada por personas que sólo encontrarás por aquí: tipos rufianescos, inmigración venida de todo el mundo, abueletes que pasean sus calles de siempre para comprobar día a día cómo van cambiando para seguir siendo las mismas, perroflautas que van a lo suyo, sin meterse con nadie, esperando un nuevo detonante que los lleve de nuevo a acampar a Sol, democraciarealya.com. Gentes de la bohemia, de las artes, del pensamiento, de la convivencia. Habitantes y pobladores de Chueca, Latina, Austrias,…  Pinceladas maestras que convierten  el lienzo de nuestro barrio en arte vivo. Nuestro barrio.

Y paseábamos sin rumbo cuando, flanêurs irredentos, hablando de todo y nada, subiendo por la calle del León, llegamos a las vitrinas de González, nuestra charcutería preferida, resistente allí desde milnovecientostreintayuno. Y lo llamo charcutería porque también lo es, como demuestra el mejor género de productos del cochino, el mejor queso de cualquier zona de España, ese membrillo epifánico o aquella dignísima selección de nuestros mejores vinos. Pero podría llamarlo también bar de copas, refugio a cualquier hora que te permite sentarte a una de sus mesas y catar las viandas que ofrecen detrás del mostrador regadas por cuidadísimas copas de vino. O podría llamarlo cabaret o café concierto un par de días a la semana en el que ofrecen actuaciones musicales de artistas de exquisita calidad.

Solo abrir su puerta me hace ya viajar. Los olores de los quesos y la chacina, concentrados, se liberan y van a tu encuentro, asaltándote. Y me transportan al pasado, cuando niño aún iba a hacerle los recados a mi madre al ultramarinos (palabra-negocio olvidado o en desuso) de la esquina de Gutierre de Cetina con Alcalá. Ese mismo olor mezclado, entre picante y dulzón, al que aquí le falta el de la salazón de arenques expuestos en barril que tenían allí. Esa barrica de cadáveres brillantes con ojos abiertos que hipnotizaban a aquel chaval de pantalones cortos…

Entramos y olisqueamos. Echamos un vistazo al género, nos miramos y decidimos entre risas darnos un homenaje de Tardebuena. Escogimos los embutidos más delicados (poco de cada uno), el queso manchego más curado, un trozo generoso de fragante membrillo, un par de botellas de la ribera del Duero y jamón pecaminoso. Disfrutamos de la ceremonia del corte y de los regalos de cata de cada vianda, del gracejo castizo del dependiente. Hicimos del momento una ocasión excelsa y después de pagar nos fuimos y no hubo nada.

Con lágrimas en los ojos por el frío y la emoción presentida de los placeres que nos aguardan, llegamos a casa para disponer las viandas. Descorchamos una de las botellas para acomodar el estómago y el espíritu. Mientras, mi mujer horneaba pan para el almuerzo. Entre copas, harina y risas, escuchando a Harry Connick, vestimos la mesa con gran ceremonia. El almuerzo de Tardebuena transcurrió en animada conversación, con los ojos en blanco cada vez que probábamos alguna de las delicadezas que brillaban sobre la mesa, trasegando vino y riéndonos.

Bebimos mucho y bien. La forzosa y prolongada siesta tras el café fue más profunda que de costumbre. Después, un buen rato de lectura, algunos preparativos de última hora para el viaje del día siguiente y el calor bendito de las plumas de nuestro edredón.

La navidad nos pilló durmiendo.

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