Sobre la reforma laboral de Rajoy y los Campos de Concentración (1ª parte)

Es habitual que toda política proponga un “arte” de someter al individuo y degradarlo hasta convertirlo en sujeto haciéndole perder su naturaleza, su fuerza y su potencia. Es necesario destruir al individuo, reciclarlo, integrarlo en una comunidad. Así, reducido a la mínima expresión, la comunidad aparece ante él como salvadora, como dadora de sentido. Por tanto, entra en ella el sujeto contrayendo una deuda desde el inicio de su relación. Perverso inicio. Aquello que te reduce hasta casi la destrucción te da lo que previamente te ha quitado a cambio de tu entrega total. Así, la sociedad que ha usurpado tu individualidad la hace suya. Lo mismo hace con las individualidades de todos los demás. Y con la suma de todas genera una unidad que reivindica constantemente. De esta forma, los que conseguimos despertar del sueño hipnótico en el que estamos sumidos y reclamamos nuestra individualidad, los que pedimos a la sociedad que nos la devuelva, nos convertimos en enemigos a batir, pues atentamos contra la unidad sacrosanta del grupo.

A lo largo de la Historia todas las políticas han perseguido este mismo fin: convertir al individuo en un sujeto. Hacerle valer casi cero. Reducirle. Una vez conseguido, hay que crear paradigmas. Héroes. Figuras emblemáticas que resuman y representen los universales que hacen diferente el corpus social que habitan de los otros corpus que los rodean. Figuras que otorgan el elemento diferencial. Mitologías que dan lustre a la sociedad y que alumbran auxiliares a su servicio, en forma de Sacerdotes, Ministros, Militantes, Directores, Empresarios,…

División artificial en clases una vez conseguida la uniformidad. Triunfo de la ideología de la división que supone y presagia la ausencia de unidad y homogeneidad en la especie humana. De ahí la creación de barreras infranqueables de entrada y de salida entre clases. Sumisión a tu categoría para toda la eternidad. Proletario o capitalista. Y en medio, algo con que graduar la jerarquía: homosexual, masón, laico, opositor, resistente, comunista, libertario,…

Y luego están los vigilantes, la jerarquía intermedia entre la masa y la élite. Como modo único de relación entre ellos, el sometimiento, la sumisión, Darwin. El más fuerte somete al débil. El más astuto, el más bribón, el más hipócrita, pone al otro de rodillas. A sus pies.

Para conseguir estos fines, señores dirigentes de la cosa laboral de este gobierno del PP, el mejor medio (la historia dice lo contrario, pero ustedes, analfabetos proteicos, van a repetir los errores) es envilecer, humillar, transformar, marcar y producir una diferencia, animalizar. Y encuentro poca diferencia entre el escenario que su nueva ley crea y un campo de concentración (entiendo, actualmente, como tal, cualquier espacio consagrado al dolor: fábricas, empresas y otros lugares organizados y gestionados por el capitalismo).

Si el campo de concentración es la expresión máxima de lo político legitimando la sumisión de una categoría de hombres a otra, es decir, de la creación de nuevos señores y nuevos esclavos, con su nuevo reglamento laboral, señores del PP, marionetas del capital, ustedes han dado carta de libertad a la nueva generación de campos de concentración.

A partir de ayer pobres, parados y proletarios nos asemejamos más y más al deportado en la privación, la miseria y la ausencia de futuro. Estamos condenados a la repetición sin fin de las pautas que marcan el empleo del tiempo durante toda la jornada: levantarse, trabajar, sufrir, padecer, someterse a los ritmos y las cadencias impuestos por otros, comidas miserables, salud precaria, esperanzas prohibidas.

Los derechos, para los señores. Los deberes, para los esclavos. Inimaginable la posibilidad de invertir los papeles o de reducir la condena. Pero yo quiero advertirles, queridos y rancios próceres. Quiero avisarles…  un derecho natural nominalista y libertario, hedonista, afirma la posibilidad para todo individuo de hacer todo lo necesario para vivir y, consecuentemente, para sobrevivir cuando estos dos objetivos le son denegados por la sociedad. Es la sociedad por tanto la responsable de evitar que, en virtud de ese principio, un individuo cualquiera se vea arrastrado a buscar soluciones extremas.

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