Perjudicar la estupidez (2ª parte) (11 de febrero de 2012)

Baltasar Garzón ha osado enfrentarse al sistema dominante. Ha pisado con estrépito algunos callos. Ha querido erigirse en ser indivisible, con cuerpo propio, dando la espalda a aquellos que le querían recordar que, como individuo, pasa por ser una cantidad despreciable. Celebrado y tolerado cuando puso su existencia al servicio de la causa coincidente, a la que todos rendíamos culto, auxiliar de esas divinidades que producen el consenso de la mayoría, ahora que se había instalado más allá de todas las consideraciones jurídicas válidas para los grupos de poder y sólo para ellos, se han vuelto contra él.

El exceso de derecho mata al derecho. Y el mundo del derecho es un mundo de arcanos tan complejos que la ley queda en manos de vejestorios escolásticos contemporáneos, experimentados y conocedores, que dominan el derecho y lo ponen al servicio de los intereses que defienden, es decir, del mundo que les da de comer.

Entonces el derecho ya no está al servicio del individuo, o de la minoría agraviada, sino de quienes ayudan y permiten el sojuzgamiento. Y entonces el individuo queda como un sujeto sometido al servicio de máquinas sociales, ideológicas, políticas, de las que es difícil defenderse, cuando no imposible.

Pero tenemos una oportunidad. La derrota del pensamiento no está generalizada y el triunfo de la barbarie de la derecha todavía no es efectivo. Defiendo desde aquí un pensamiento crítico libertario cuyo propósito es siempre oponer la cultura a las fuerzas sombrías y gregarias. Propugno la autonomía de la razón, la reflexión libre de las ligaduras dominantes del momento Rajoy, la salida de la condición pasiva a fin de celebrar la actividad, la positividad y el voluntarismo ético y estético. Reclamo el pensamiento libre en oposición a todas las formas de religión y de comunitarismo, en contra de la desconfianza, la cautela, cuando no el odio a todo lo gregario que tan arduamente defiende el PP.

Hay que instalar la ética y la política en el perpetuo terreno de la resistencia. Resistir. Nunca colaborar. Jamás ceder. Ni por un instante perder de vista lo que constituye la fuerza, la energía y el poder del individuo que dice NO a todo lo que tiende a debilitar su imperio, cuando no la pura y simple desaparición de su identidad. Rechazar las mil y una ligaduras que, aunque ridículas, irrisorias, terminan por producir el sometimiento de los gigantes más vigorosos.

Esta política que nos hemos regalado vive de gregarismo festivo y de celebraciones comunitarias. Del recurso a la seducción más que a la deducción. Del uso de la mentira y la hipocresía más que del análisis y la reflexión. La gran Política en España se ha atrofiado en una pequeña política que se reduce a quienes abrazan la carrera para convertirse en administradores del capitalismo y sus crisis, que aprovechan para, de la mano del miedo, agrupar al rebaño y someterlo desintegrando al individuo pensante.

Y el rebaño les da la mayoría absoluta. Lo que les sirve para deshacer cualquier avance social conseguido. Para volver atrás en el tiempo y condenar a la hoguera los derechos conquistados amparándose en este sistema parlamentario, que no es más que un vivero para la comedia. Se juntan allí nuestros próceres, que no aspiran tanto a la sublimidad en materia política como a la de su mezquina carrera personal. Así, el hemiciclo de mi querida Carrera de San Jerónimo hace las veces de una cámara de descompresión de las reivindicaciones legítimas de nosotros los individuos ciudadanos. Metamorfoseadas, diluidas en la escolástica moderna del formalismo jurídico y parlamentario, irreconocibles gracias al cachondeo de las enmiendas, nuestras necesidades, nuestras preocupaciones, nuestros anhelos, nuestros derechos o nuestras reivindicaciones terminan por ser tan inútiles como si jamás hubieran visto la luz.

Así las cosas, quedan pocos caminos para inyectar resistencia y antifascismo, rebelión e insumisión allí donde empiezan a triunfar los modos autoritarios que da la mayoría absoluta, allí donde impera la sumisión a la razón de Estado, esa razón contra la razón, que impide cualquier intento de socavación del edificio social construido sobre la base de esas falsas y engañosas asociaciones de ideas.

Me obligan a ser rebelde, estos hijos de puta.

Anuncios