Munch y la locura (19 de enero de 2012)

Sentado frente al cuadro. Atardecer. Óleo sobre lienzo. Es una mañana de sábado tranquila en el museo. Algunos turistas italianos y poco más. Una buena mañana para venir a visitar a viejos amigos. Hoy toca Munch. Evening.

La escena retrata un momento anodino de un día cualquiera, de una tarde cualquiera, en el campo. Un campo cualquiera. En primer plano, ocupando la izquierda de la imagen, una mujer sentada, vestida con traje de faena en tonos azules y protegida con un mandil blanco. Sus codos reposan en sus piernas. Las manos, asidas, dejan intuir sus dedos entrecruzados. Inclinada ligeramente hacia adelante, sus fuertes hombros parecen cansados después de una larga jornada de trabajo. Es de complexión recia. Cuello ancho y largo pelo recogido en una coleta que cae sobre la espalda. Piel curtida por la exposición al sol. Mentón cuadrado. Está tocada con un gracioso sombrero cónico de paja, de ala no muy ancha. La visera sobre los ojos le proporciona una sombra protectora ante la luz de un atardecer que no está presente en el lienzo, pero  que se intuye molesta y se infiere por el conjunto de sombras proyectadas sobre los ojos o sobre el blanco delantal. Son, quizás, las únicas sombras del cuadro.

Mientras observo la pintura, escucho a Bartòk, Musik für Seiteninstrumente. Tras la figura de la mujer, el cuadro se llena de un verde rural, un prado silvestre delimitado por un conjunto de casas y cobertizos que terminan en un bosque frondoso. Al fondo, un perfil montañoso tenue y oscuro; en el medio plano y a la derecha, una pareja de campesinos parece conversar. Mientras, él pesca a orillas de un pequeño estanque o río y ella está a su lado. Una imagen apriorísticamente bucólica. El merecido descanso que la caída del sol otorga a la vida del campo.

Sin embargo, el foco de atención del cuadro reside en los ojos de la campesina que está sentada en primer plano. Esos ojos perturbadores y perturbados que hacen al observador prescindir del entorno y caer hipnotizado ante ellos. A una distancia de tres o cuatro pasos, parece que fueran unos ojos abstraídos, como cuando nos quedamos con la vista fija, bloqueada, pero sin ver, perdidos en pensamientos profundos o, también, perdidos en esos raros momentos en los que nos es dado no pensar en nada. Esos momentos de ataraxia o nirvana en los que la mente se toma un respiro. Todos los hemos vivido. Por alguna extraña razón, los ojos se agrandan, no existe necesidad de pestañear, no se mueven, y uno siente cómo los lagrimales empiezan a funcionar produciendo más lágrimas que de costumbre, inundándonos y derramándose, frías, por nuestras mejillas, sin haber mojado nuestros globos oculares, cada vez más secos e irritados, más dolidos. Hasta que nuestro cerebro sale de su estado y conseguimos volver a pestañear devolviendo las cosas a su estado natural.

Así pareciera estar en ese instante capturado por Munch su campesina. Pero basta dar un par de pasos en su dirección, acercarnos a sus ojos y sentir cómo nos asomamos al vacío, al precipicio, al abismo de la locura. En su estado incipiente, previo, latente. En ese momento en el que todo se detiene presagiando una explosión. Esos ojos retratados por Munch provocan el miedo cerval que todos sentimos ante la amenaza de caer en las profundidades de la locura. Un miedo que él ha sabido provocar con un dominio excepcional de sus pinceles. El miedo que existe detrás de tantas y tantas preguntas que nos hacemos mirando el cuadro. ¿Es una loca que ya lo era o es una mujer que se está volviendo loca en ese preciso instante?  ¿Le ha trastornado la conversación que a retazos llega a sus oídos desde donde está la pareja hablando?  ¿Es acaso su marido requebrando a una vecina?  ¿A su hermana?  ¿A su hija?  Lo que ha oído o está oyendo… ¿le está haciendo perder la razón hasta el punto de pensar en el asesinato del hombre?

Mil preguntas. Mil inquietudes. Y miedo. Miedo por lo que puede haber pasado (¿y si está sentada después de haber perpetrado ya el crimen?)  Miedo por lo que puede pasar (¿y si está imaginando cómo acabar con los adúlteros?)

Pero Munch no lo desvela. Me deja ahí, en la duda. Como cada día que vengo.

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