La vida en “Caja B” (13 de diciembre de 2011)

De todos es conocido, gracias al telediario y demás medios de comunicación, que el hombre es una anomalía evolutiva. Capaz de lo mejor y de lo peor. Y es una lástima que la parte positiva cada vez sea más patrimonio de las historias del cine, con sus héroes abnegados y valientes capaces de entregar su vida por la defensa de sus convicciones e ideales. Me da la sensación de que a lo largo de la historia, se ha ido empañando la parte ética de nuestra especie con una veladura azul-oscura-casi-negra, hasta conseguir que nosotros mismos tengamos muy poca esperanza en nuestras propias calidades. Así las cosas, dejan de extrañarnos los más viles comportamientos, las reacciones más oscuras, los instintos más bajos, la maldad proteica del hombre. Hemos elevado a la categoría de héroes a los más deplorables villanos creándoles alter egos del estilo de Gordon Gekko, del Joker, de Rasputín. Y nos emocionamos hasta la lágrima furtiva cuando, excepcionalmente, asistimos a comportamientos heróicos y generosos, sin por ello evitar esa reflexión oculta de que todo es estéril, que tal o cual comportamiento es rara avis y que, al final, la maldad triunfará.

En estos momentos que estamos atravesando, en medio de esta ruina que nos acosa por doquier, en esta oportunidad que se nos ha dado para ser grandes, buenos y generosos, estamos asistiendo como espectadores privilegiados a esta inclinación generalizada al lado oscuro. En esta época que necesita de valentía, de generosidad, de solidaridad y de arrojo, nos estamos escondiendo detrás de la coyuntura, nos refugiamos detrás de la excusa y nos reafirmamos en la maldad, en la ruindad, en la ilegalidad.

Llevo dos meses y pico en el paro tras toda una vida en activo. Sesentaitantos días. Hemos tenido tiempo en casa para reestructurar nuestra vida. Eliminar gastos superfluos (que nunca tuvieron que ser), ajustar gastos necesarios (para qué tantas llamadas telefónicas inútiles, qué sentido tiene una casa a veintidós grados permanentemente, por qué hay que cenar o almorzar fuera de casa) y prepararnos para aguantar las embestidas de la inseguridad. Hemos hecho los deberes para, como Sócrates, poder exclamar cada vez que paseamos por nuestras estupendas calles comerciales y sus aberrantes escaparates que vomitan sus objetos de lujo expuestos para la venta: ¡Cuántas cosas hay que no necesitamos!  Nos estamos aplicando para que no nos afecte este nuevo estado. Somos buenos (o lo intentamos con todas nuestras fuerzas), somos moderados (forzosamente, aunque nunca fuimos derrochadores), somos dulces; capaces de estar contentos en la indigencia. Pero vemos los caracteres ávidos, envidiosos y perversos que nos rodean y compruebo que gente así nunca podrá estar satisfecha ni aún amasando todas las riquezas.

Me considero permanentemente dotado de una individualidad extraordinaria, espiritualmente superior. Puedo prescindir de la mayoría de los goces a los que los demás aspiran generalmente. No son (lo he entendido) más que un trastorno y un peso. Por tanto, empleo esta personalidad que tengo en mi provecho: no persigo sino las aspiraciones que me corresponden; no busco sino el desarrollo que me es apropiado evitando cualquier otro; no he escogido sino el estado, las ocupaciones y el género de vida que me conviene.

De ahí que, desde que me han regalado tiempo, haya decidido aprovecharlo para acometer proyectos que me había reservado para la jubilación: leer toda la filosofía, los ensayos y la poesía que tenía macerando en mi biblioteca esperando el tiempo necesario para su degustación; aprender a encuadernar mis amados libros para darles, por fin, el traje que merecen en reconocimiento a haberme hecho como soy; volver a mis pinceles, óleos y caballete por ver si consigo encontrar mi propio lenguaje pictórico…

Y en ello estoy. Apoyado y animado por mi mujer. Mi compañera. Mi aliada y cómplice. Ese ser de luz que brilla más cuanto más oscuro es todo alrededor.

Y hablaba de lo peor del hombre porque ha sucedido en estos dos meses y pico de parón laboral que he sido convocado en un par de ocasiones por empresarios que se interesaban por mis servicios. Gente seria y emprendedora que mediante opíparos almuerzos regados con vinos que yo ya no puedo comprar, han querido alquilarme sabiendo de mi reciente condición de disponibilidad. Entrevistas impecablemente llevadas, con exposición clara y detallada de mis obligaciones y de las expectativas que debo satisfacer, ilusionadoras en forma y fondo, globos de colores llenos de helio que se elevan y se mueven resplandecientes y que, con ruido atronador, reventaron a la misma altura: “por supuesto -dijeron mis dos ofertantes, cada uno a su manera- no podemos contratarte. Seguirías cobrando el paro y cada mes te abonaríamos tus servicios en “b”. Entenderás que, por el momento, no podamos hacerlo legal. Es algo temporal. A ver si Rajoy termina de aclarar la reforma laboral y nos da un escenario sólido en el que plantearnos tu integración en la plantilla…”

¡Pum! El globo explota. Fraude, desfalco, chorizo, aprovechado, son palabras que se frenan en la barrera de mis dientes. Mi cara se transforma. La flojera se adueña de mis brazos. Pierdo el apetito y las ganas de seguir sentado enfrente de tales personajillos. Unos minutos más de charla intrascendente y excusas para desaparecer. Quiero volver a mi mujer. A mis libros, a mi pintura. No es así. No es así. El futuro no está claro. El fraude (el lado oscuro) nos rodea. ¿Qué estamos haciendo? ¿Dónde vamos?

De nuevo la estrategia del caracol. Seguiremos buscando gente buena. Deben estar por algún lado.

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