La Vida como ella es

Los minutos pasan inexorablemente. Llevo vividos veinticinco millones y bastantes cientos de miles de ellos. El tiempo, enemigo y aliado, golpea rítmicamente, obstinadamente, arrugando el alma y la ilusión. Secarse, hasta convertirse en un embutido de dudosa calidad según pese la mochila de pecados, crímenes y otras lujurias sufridas, o disfrutadas, que todos llevamos a la espalda. Comprobar que las lecciones no se aprenden si no se viven. Que los ejemplos no sirven si no se personifican. Que es necesario sangrar la propia sangre para adquirir experiencia. Y que el sangrado no cesa. No coagula nunca. Que la sangre que derramas y que empapa la tierra del suelo es tu vida.

No alcanzar nunca la imperturbabilidad. El estoicismo que trabajas en los momentos de mayor sabiduría se desvanece como una pavesa crepitante en la chimenea cuando llegan los conflictos. Correr como un poseso en pos del ascetismo más blanco, empezando desde muy adentro, desde las tripas. Seleccionar mucho los alimentos, despreciando las elaboraciones más sofisticadas, llegando a descubrir que la filosofía más profunda no es nada si la comparas con el brillo de un tomate recién cogido de tu huerta. Reencontrarte con los sabores de tu niñez. Aquellos que acompañaron tu aprendizaje, que dieron trasfondo a tus primeras decepciones, que se hicieron amargos y ácidos cuando descubriste que dentro llevas, llevamos, un Caín y que serías capaz de romperle el cráneo a tu hermano; sabores que se hicieron agridulces con las erecciones más tempranas. Aquellas que te hicieron vislumbrar, presentir el lobo en tí, siempre rastreando, a partir de la máxima revelación del infecundo zumo de tus entrañas, cervatillas palpitantes a las que acosar y derribar, saciando en esa caza el sempiterno instinto en rituales licantrópicos de éxtasis y sangre.

Redescubrir las más tiernas verduras, los potajes que de niño rechazabas de mano de tu madre y que ahora buscas buscando volver atrás en el tiempo. Abandonar los perifollos, adornos y enfeites con los que te camuflaste durante toda la vida para, en nombre de la más sabia ascesis, reencontrarte a ti mismo envuelto en la sobriedad elegante de blancos algodones y linos. Tener al mar como principio y fin de cada día, descubriendo su cambiante azul en cada curva y recodo del camino que te lleva y te trae. Alcanzar el nirvana oyendo las chicharras y los mirlos o mientras el sol se esfuerza por derretir el sombrero de paja que te cubre las sienes. Fundirte en prolongada contemplación de lagartijas que se hinchan y deshinchan levitando sobre las piedras calientes del suelo de tu terraza, robándoles el calor. Sentir cómo tus pies se expanden, libres de las ataduras de los zapatos de diseño, envueltos en sandalias de reminiscencias grecolatinas. Revisitar los clásicos y descubrir de su mano que toda la literatura moderna no es más que una enorme nota a pie de página de los autores griegos y latinos. Emborracharte acompañado de Virgilio, regando el gaznate con vino de cepas viejas, quizás anteriores a la filoxera, quizás plantadas por algún liberto que pensó en mí, en que yo bebería hoy sus caldos. Navegar por los mares de la imaginación junto a mi amigo Corto, descubriendo que la amistad puede no ser lo que te contaron o que la Historia puede tener muchas lecturas, todas inteligentes, todas creíbles.
Reconciliarte contigo mismo, viviendo el amor con amor por vez primera, con tranquilidad por primera vez, con pasión como nunca, con la sabiduría necesaria para no matarlo, para no maltratarlo, haciendo que dure enternamente, amando el amor. Amando a tu amor.

Desear reconciliarte con tus enemigos, sabiendo que nunca estuvo en tu ánimo tenerlos como tales. Que el único pecado que cometiste fue vivir. Que en el ejercicio de la vida fuiste torpe, pero no malo. Arrogante, pero no altivo. Agresivo, pero no insultante. Infiel, pero no mentiroso. Que sólo viviste. Que siempre intentaste reparar tus errores.

Te gustaría brindar por todos y con todos y explicarles. Hacerles entender. Que supieran que podríamos compartir un banquete alrededor de una mesa en petit comité, pues no son tantos, y brindar por nuestras ofensas, lavándolas con vino rojo. Procurar un espacio de entendimiento y perdón, aliviándonos mutuamente del peso de las torpezas cometidas.

Recuperar la familia para disfrutarla como en aquél instante justo, aquél momento preciso en que todo comenzó a torcerse, a equivocarse. Reír junto a tus hermanos, con la boca llena, despreocupados, junto a tus padres. Libres de decepciones o rencores; de cosas dichas o calladas; de ignorancias; de juicios. Apartar roles, posturas, máscaras, silencios. Abrazarnos. Llorar juntos. Ungirnos de perdón y amor antes de que la Dama nos haga incompletos. Perdonarnos nuestros errores y nuestros aciertos. Perdonarnos nuestras envidias. Olvidar nuestra miopía. El egoísmo de no permitir al de enfrente ser diferente, crecer de forma diferente, pensar de forma diferente.

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