La última noche del año (9 de enero de 2012)

Treintaiuno de diciembre de dosmilonce. A punto de pasar de año y esta vez nos pilla en Berlín. Escribo acodado en una mesa de la Literaturhaus, calle Fasanen o Fasanenstrasse, como dicen por aquí. Hace ya una semana que paseamos por esta ciudad. Duelen los pies. Duelen las piernas. Son muchos los kilómetros recorridos por calles y museos. Afuera retumban los petardos. Algunas cosas no cambian, estés donde estés. Puedes estar en España, en Brasil, en la República Checa, en Hungría o en Alemania; puedes meter la cabeza en algún agujero en cualquier parte… todo inútil. Este día es un día de ruido. Un conjuro atronador para intentar mantener alejado el lado oscuro, las brujas, los fantasmas, el mal. Una pulsión tan vieja como el mundo. Luz y ruido. Los dos bálsamos que mantienen a raya el miedo. Que nos hacen sentir seguros.

Fuera hace frío, aunque no tanto como cabría esperar. Las calles, a estas horas, están desalojando transeúntes. Me imagino que todos van camino de sus casas para preparar mesa y viandas para la celebración tradicional de esta noche. Nosotros, al contrario, vamos en dirección a la Deutsche Oper. Fígaro nos espera para celebrar con nosotros otra cosa. El Barbero de Sevilla será la última ópera del año. No es mala forma de abrochar el dosmilonce y meterlo en el cajón de los sueños rotos (donde, por otra parte, están todos los años que ya han pasado). Un año complicado, que empezó hace trescientosesentaicinco días en Baqueira. Un año en el que he perdido mi puesto de trabajo y he ganado otras cosas, más importantes. Un año en el que me he conocido más y mejor y en el que he podido cerrar algunos aspectos negativos que me hacían perderme, que me impedían ser yo y dedicarme a lo que realmente amo. Un año en el que ha nacido la segunda hija de mi amigo/hermano, a la que aún no conozco y conoceré en pocas semanas. Un año en el que siguen cayendo a mi alrededor supuestos amigos y se sigue irguiendo el edificio de mi amor.

Y este viaje, como siempre en estas fechas, tiene también este otro objetivo. Abrochar y echar el cierre a otro año, despojarnos de la piel vieja y renacer con una nueva, limpia, fresca. Otros significados de estos viajes son el conocimiento, la búsqueda de la belleza en todas sus manifestaciones, otras gentes, otras costumbres, otros aires. Pintura, música, danza, ópera, escultura, arquitectura. Imbuirnos de lo mejor que se ha podido producir por estos lares, hacerlo nuestro, integrarlo en nosotros, hacernos mejores…

Esta siendo una semana agotadora. Desde hace meses habíamos planeado todo, como nos gusta hacer, para poder después improvisar a voluntad deshaciendo todos los planes si se nos cruza algo mejor o más atractivo. Todas las expectativas se han cubierto. Estamos rebosantes de belleza, de otros aires, de la otredad de este lugar.

Las veladas han sido espectaculares: una Boheme, una 9ª de Beethoven, un concierto para violín de Chaikovski, sendas noches musicales (Bach y Vivaldi) en la Berliner Dom, una Flauta Mágica, el Barbero de esta noche y el Lago de los Cisnes de mañana. Si hubiéramos permanecido más noches, habríamos tenido ocasión para más cosas. Tendríamos más tesoros para nuestra cueva. Pero Cronos y Mercurio mandan. Hay que volver.

Berlín da para todo ello y para más. Existe tanta oferta y de tanta calidad, que no puedo evitar la comparación con mi país y la pregunta de qué hacen allí los dirigentes de la cosa cultural. Cómo es posible que algo como la ópera siga perteneciendo a una minoría y no se abra al gran público. He podido ver aquí gente muy joven. Incluso bebés y parvulitos llevando sus peluches como complemento perfecto para disfrutar del espectáculo, acompañados por sus padres. Acostumbrándose y aprendiendo a amar la música. Sin esnobismos. Sin gilipolleces como aquí, donde ópera es sinónimo de otras cosas. Donde los teatros líricos se pueblan de pintamonas y señoronas sin ningún tipo de preparación ni amor por lo que se desarrolla delante de sus narices. Donde se utiliza la ocasión como oportunidad para epatar, para desmarcarse, para lucirse. Aquí, donde el acceso a ello está reservado a políticos, subsecretarios o directores. Donde las entradas son moneda con la que se pagan favores o se gratifican influencias o enchufismos a gente que no entiende nada, pero que va para pertenecer a la casta superior, y luego dormitan o duermen profundamente (incluso con ronquidos) ocupando sitios que mejor servirían a los que, desde el paraíso, saben lo que ven y oyen y disfrutan del arte. Esos del patio de butacas que tanto tosen, quizá como reacción alérgica a la trama incomprensible de lo que se desarrolla en el escenario.

Es momento de gritar ¡más teatro!, ¡más ópera!, ¡para todos!  Preparemos a nuestros hijos. Eduquémoslos en la belleza. Hagámosles amar lo que merece ser amado. Trabajemos desde la base el gusto por el arte. Hagamos de ellos seres hedonistas y libertarios. Liberemos al Arte de las garras del mercado y del esnobismo. Hagámoslo necesario como el aire.

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