La Llamada (29 de enero de 2012)

Algunas personas oyen su voz interior y viven sólo de lo que escuchan. Esas personas se vuelven locas o se convierten en leyenda. Para esta clase de personas, los períodos de gran calma, de aparente normalidad, de acatamiento de las normas del entorno que les acoge, siempre temporalmente, se ven bruscamente interrumpidos por “la llamada”. Nunca es un hecho repentino. Suelen empezar a escucharla, suele asaltarles cuando la calma es más evidente, más aparente.

Al principio es un murmullo al levantarse una mañana, un suave parloteo apenas perceptible. Pero con el correr de los días el murmullo se hace estruendo, y ese estruendo degenera en vacío. Un vacío más parecido a sordera dolorosa que sobreviene cuando durante un tiempo se ha estado expuesto a una batahola de muy altos decibelios. Un vacío que llena la conciencia, que la puebla de deseos, de visiones, de metas no alcanzadas por haber sido sistemáticamente postergadas. El desasosiego triunfa y, entonces, el alma no encuentra acomodo. Todo lo cotidiano incomoda. Ningún agua apaga la sed. Ningún aire llena con plenitud los pulmones. Ningún cuerpo parece confortable. Todos los techos aplastan. Los fines perseguidos hasta el momento pierden su sentido. Parecen fines ajenos, como aceptados por ser parte del peaje que se paga en aras de la normalidad. De esa normalidad que viene dictada por la vara de medir de los otros, de los de fuera.

Y es entonces, cuando ya no pueden acallar esas voces, cuando la llamada acaba siendo una pulsión vital que amenaza locura, una necesidad dolorosa de tan acuciante, entonces se van. Desaparecen. Cortan amarras y parten. No huyen, porque no temen. Buscan. Se buscan. Buscan esa parte de su fragmentado ser que los recomponga, que los complete. Quizá esa piedra angular que dé paz y sentido al resto de su ser. Y aún sabiendo que con su partida dejan tras de sí un rastro de dolor, sospechas e incomprensión, no pueden remediar subirse al primer tren. La llamada está resonando con sonoridad grave y continua en rincones no conocidos del ser. Está doliendo de tan fuerte que repica. Hay que marchar. Irse.

Porque quedarse es anularse. Es morir en vida. La renuncia a uno mismo para dar felicidad a los demás. Hurtarse a los demás para que los demás reciban de ti una parte que no es la verdadera. Eso les impulsa a irse. No querer ser egoísta siéndolo en grado sumo. Los cariños, las relaciones, las implicaciones que se producen en los períodos de calma pesan como montañas cuando quieren alzar el vuelo. Pero terminan alzándolo, porque nada es más poderoso que la llamada. Y entonces viene la incomprensión y la duda y la desconfianza.

Pero ellos no están ahí para verlo. Saben lo que está ocurriendo y su sentimiento de culpa hierve. Pero están ya en camino. Desnudos. Habiéndolo dejado todo detrás de sí. Sabiendo que ya no podrán volver. Continúan su búsqueda. Buscan su yo, su espíritu, la paz… Y en la búsqueda aprenden. Repasan los hechos del pasado, los momentos vividos entre llamada y llamada. Los paréntesis “civilizados” que, intentando olvidar su condición de salvajes, han vivido. Y ese repaso, su exploración, les demuestra que nada cambia. Que la civilización y sus trampas no valen nada para ellos. Posiblemente sea una locura. Posiblemente les tilden de bárbaros por no adaptarse. Posiblemente.

Pero son los auténticos protagonistas de las leyendas más apasionantes, que son las no conocidas. Fantasmas que una vez estuvieron al alcance de tus dedos, porque alguna vez alguno se cruzó en tu vida, pro no pudiste asirlo. Almas libres, inconformistas, soñadoras, idealistas…  Seres que alguna vez han aparecido en tu vida de forma repentina y que, de la misma forma, desaparecieron. Pero dejaron rastro. En forma de luz y color, en forma de interrogante, en forma de duda. Protagonistas secundarios, quizá principales, de tus recuerdos de felicidad e infelicidad. De alguna aventura al límite. Causantes de que hayas descubierto una nueva manera de enfocar la vida, una nueva disposición ante los problemas, brindan a aquellos con los que se cruzan momentos de tal intensidad que jamás son olvidados.

Con los hombres, honor, amistad, compromiso, lealtad, justicia. Con las mujeres, amor. Pero no el amor al uso, sino ese otro que ya sólo existe en el imaginario romántico. Amor que las hace sentirse únicas, arrastradas al abismo, puesto que eso y no otra cosa personifican ellos. Y el abismo es atrayente. El tormento es delicioso. Lo no explorado atrae, impregna. Hace surgir la necesidad de explicarse y razonarse lo que se esta viviendo. Pero, en definitiva, terminan descubriendo que jamás podrán vislumbrar qué hay en el interior, en el fondo. Ellos siempre escapan al razonamiento, a la lógica. Porque saben de su lado oscuro, aún en el clímax de los sentimientos más desbordados. Saben de la fiera que dormita en los rincones más profundos de su ser, presta a despertarse. Lista para obligarles a emprender de nuevo el viaje, la búsqueda.

Dicen los bienintencionados que hay que medir las consecuencias. Dicen que los años se siguen cumpliendo, que se acorta el plazo de vida. Que no es bueno empezar tantas veces desde cero. En definitiva, que es mejor acallar las voces y conformarse. Morir en vida. ¿Acaso es preferible la engañosa tranquilidad de tener por siempre a vuestro lado a estos hombres muertos por dentro, que saberlos vivos y en pos de su piedra angular?  Esa es la gran infelicidad, la gran condena. Preferir el pájaro enjaulado, aunque no cante, al pájaro soberano en su libertad, bello en su alegría. Acaso, ocasionalmente, nos deleite con sus gorjeos y trinos porque arbitrariamente haya hecho parada en nuestro jardín. Y esos trinos serán doblemente preciosos, porque están impregnados de la belleza de lo efímero, como la música, como la danza.

¿No es preferible ese momento de deleite, excelso en su finitud, que toda una existencia al lado de un muerto en vida?

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