La desazón (27 de enero de 2012)

Recupero un escrito de diciembre de dosmiltres. Una mañana de ese mes, de repente, me acometió una extraña congoja. Un retortijón en el discernimiento que me convulsionó hasta el punto de tener que vomitar sobre el papel la causa de tamaño cólico. Un ataque originado al evidenciar el progresivo embotamiento de los sentidos de la mayoría inmensa de nuestros congéneres. Una honda preocupación al evidenciar, día tras día, cómo siguen pasando inadvertidos los estímulos más atractivos, los más enriquecedores, los más creativos, aquellos que devendrían en cavilaciones, reflexiones, puntos de vista y opiniones propias y, por tanto, objeto de apasionadas y fructíferas discusiones.

Nuestros cerebros, potencialmente extraordinarios, sólo son percutidos, sólo reaccionan, sólo recuerdan aquellos impactos que, bien por la intensidad, bien por la frecuencia, consiguen vencer su adocenamiento, apartar la telaraña producto de la indolencia o zaherir la neurona si se ha conseguido atravesar la densa capa de tocino que la recubre, ese sebo macilento que se desarrolla por la continua ingesta de hamburguesas y consignas mediáticas.

Sólo pensamos en flores (y ya ni eso) el día de San Valentín y el de los Difuntos. Sólo valoramos la limpia sonrisa de un niño si su boca está cubierta de moscas, sus ojos de legañas y lágrimas, su barriga hinchada, es negro y lo vemos durante unos segundos en la pantalla de la televisión mientras cenamos; incluso habrá algunos -los comprometidos- que en ese momento dediquen unos segundos a pensar sobre el hambre o las epidemias o las guerras que existen todavía en partes muy, pero muy remotas, de este mundo; tan lejanas que su humilde ayuda no llegaría.

Conozco multitud de ecologistas de salón, activistas de documental, capaces de torturar a sus allegados con la seria amenaza que para el sistema fluvial canadiense supone la esquilmación sistemática del castor y que, en privado, mezclan todo tipo de residuos en sus basuras. Me intriga también toda esa gente que decora sus paredes o las pantallas de sus ordenadores con impresionantes fotografías de montañas o playas o islas y luego son insensibles a asombrosas puestas de sol, portentosos amaneceres o tiernos revoloteos de pájaros o mariposas que se están produciendo allí mismo, ante ellos, y que podrían admirar con tan solo sacar la cabeza de su propio culo. Mirando. Viendo.

Miran, pero no ven. Hay que volver a ejercitar los sentidos. Deberíamos quedarnos ciegos temporalmente para volver a educarnos en el ejercicio de la mirada. Miramos sin ver. Hay que aprender a ver. Y a escuchar. Y a oler. Y a tocar. Y a pensar. La televisión, la prensa, la radio, debieran ser informativos, no deformativos. Me acojono cuando atisbo un futuro de adocenados catódicos, con un mismo sesgo pseudo-intelectual, dirigidos por un ente supremo. Me espeluzna Orwell. Me horripila el maquinismo. Hay que educar a nuestros hijos. Deben, deberán, saber elegir, saber decir no. Saber apagar la televisión. Recuperemos el sabor de la crítica, de la conversación, del pelo mojado por la lluvia. Recuperemos el hedonismo, el epicureísmo. Reivindiquemos al ser humano pensante.

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