La agonía de M****

M****, snob, vive desde hace años una profunda e íntima agonía (en el sentido etimológico del término: agón es lucha). Obsesionada con adoptar las maneras de su casta de referencia, aquella a la que no perteneciendo por nacimiento, llega por matrimonio, esas maneras que por definición no existen más que para el otro (el que no las tiene) se han convertido en su leit motiv vital.

Si bien los poseedores estatutarios de esas maneras que tanto le obsesionan pueden definir el valor de las mismas (y hacer o no uso de ellas), M****, “recién llegada” que pretende incorporarse al grupo de los poseedores legítimos, esto es, hereditarios, de la buena manera sin ser producto de las mismas condiciones sociales, se encuentra reducida, haga lo que haga, a la alternativa de una hiperidentificación angustiada o de un negativismo que confesaría su derrota en su propia rebelión: o la conformidad con una conducta “prestada” cuya corrección o incluso hipercorrección (de ahí la educación represiva y repleta de normas (maneras) de casta) recuerda que “imita” y aquello que “imita”, o la ostentosa afirmación de la diferencia que está destinada a manifestarse como una confesión de la impotencia para identificarse. Así, parece el mono de Hoffmann –Kreisleriana, Gallimard, 1949, pag. 150- educado en el hogar de un hombre perteneciente a la alta sociedad, que había aprendido a hablar, leer, escribir y a ejecutar música, pero que no podía dejar de revelar su “origen exótico” en “algunos pequeños detalles” tales como los “movimientos interiores” que le excitaban cuando oía partir nueces. En definitiva, uno de los fantasmas más típicos de todos los racismos.

Por otro lado, es evidente en M**** ese estado permanente de “duelo” o, si se prefiere, de “desinversión” que le ha llevado a ajustar sus aspiraciones arribistas iniciales (sus expectativas, sus sueños, todo lo que le condujo a renegar de sus verdaderos orígenes y a sacrificar tanto de sí) a sus oportunidades objetivas (lo que realmente ha alcanzado, lo que es ahora), conduciéndola así a admitir su condición, a “devenir lo que verdaderamente es” y contentarse “con lo que tiene”, aunque sea esforzándose en engañarse ella misma sobre lo que es y sobre lo que tiene, con la complicidad colectiva de quien le permite ese juego de ilusión (madre, hermana indolente, amigos “de ocasión”, relaciones clientelares), para “fabricar su propio duelo”, de todos los posibles acompañantes (sus amigos de la infancia , sus hermanos, sus propios hijos –testigos de la verdad-), abandonados poco a poco en el camino, y de todas las esperanzas tan snobs que al principio abrigaba, reconocidas por ella misma como irrealizables a fuerza de haber permanecido irrealizadas (pero nunca admitidas como tales).

Esa angustia de saberse desprotegida ante su estrategia de vida por la incómoda presencia de hermanos (testigos de la verdad) que le recuerdan sus verdaderos orígenes. Esa traidora correlación entre su vida actual (su práctica) y su origen social (su barrio) que es la resultante de dos efectos: por una parte el “efecto de inculcación” ejercido directamente por su familia y sus condiciones de existencia originales; por otra, el “efecto de trayectoria social”, es decir, el efecto que ejerce sobre las disposiciones y sobre las opiniones la experiencia de la ascensión social, ya que la posición de origen no es otra cosa, en esta lógica, que el punto de partida de una trayectoria, el hito con respecto al cual se define la “pendiente” de la carrera social. Esta distinción se impone con evidencia en el caso de M**** y sus hermanos: originarios de la misma familia y sometidos consecuentemente a idénticas inculcaciones morales, religiosas y políticas, se encuentran propensos a unas posturas divergentes en materia de religión o de política a causa de las diferentes relaciones con el mundo social derivadas de trayectorias individuales divergentes y, en el caso concreto de M****, de que sus estrategias de reconversión, necesarias para escapar de su clase, hayan tenido (o no, de ahí su fase de “duelo”) éxito. O del precio que haya tenido que pagar para conseguirlo (abandono de estudios, trabajo, madre de familia numerosa, vida nómada,…).

De ahí su esquizofrenia: este efecto de trayectoria contribuye a hacer confusa la relación entre clase social y las opiniones religiosas o políticas, debido al hecho de que M**** tiene que autoimponerse la representación de la posición que ocupa en el mundo social y, con ello, la visión de este mundo y de su porvenir. De forma opuesta a sus hermanos, plebeyos de nacimiento, M**** tiene que reinventar continuamente el discurso de todas las noblezas, la fe esencialista en la eternidad de las naturalezas, la celebración del pasado y de la tradición (aunque ella misma no tenga pasado ni tradición, por lo que celebra por impostación el pasado y la tradición de algo ajeno a ella), el culto integrista de la historia y de sus rituales, porque no puede esperar del porvenir otra cosa que el retorno del antiguo orden del que espera –desesperadamente- la restauración de su ser social.

Así, la angustia de esta “posición inestable” (por falsa o impostada) se observa incluso en la “unidad doméstica”, que ha reunido unos cónyuges relativamente desiguales no solo por su origen y trayectoria social, sino también por su estatus profesional (que ella cambió por su “recolocación social”) y su nivel escolar (al que ella renunció a cambio de su “recolocación social”), de donde provienen la división sexual del trabajo en su unidad familiar (y la división del trabajo sexual).

Esta es la agonía de M****. Esta es la agonía del snob.

Sine nobilitate.

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