Hemos mejorado a Dickens

Catorce de julio de dosmildoce. Hoy he cumplido cuarentainueve años. Haciendo un esfuerzo he salido para celebrarlo almorzando en un pequeño restaurante que sobrevive a duras penas en el barrio de las Letras, en Madrid. Haciendo un esfuerzo hemos podido regalarnos, mi pequeña familia y yo, con una botella de vino verdejo de Rueda y algunas viandas de nuestra elección. Hemos salido de casa a una calle extrañamente desierta, pues vivo en el centro de Madrid. En los extremos de la calle, unas vallas grises de más de metro y medio impedían el tránsito rodado y peatonal, defendidas por agentes de la policía nacional pertrechados para resistir el asalto de inexistentes –en esos momentos- masas de madrileños enfurecidos. Me ha sobrecogido sobre todo el silencio espectral de la calle, impropio de la hora (la una y media de la tarde) y la ausencia de transeúntes, foráneos o nativos, que suelen poblar los alrededores del teatro de la Zarzuela. Nos hemos visto obligados, como en los últimos dos días, a pedir permiso a la policía para poder caminar por las calles que salen o entran en aquella donde vivimos. He tenido que identificarme y demostrar que, a pesar de mi aspecto de “perroflauta”, soy capaz de vivir donde digo que vivo. Y cada vez que he sido interpelado por un uniformado –fuera de forma educada o no, eso no viene al caso ahora- me he sentido mal. De alguna extraña manera, me he sentido agredido. Violado. Intervenido.

Ha sido como un viaje al pasado…

De camino al restaurante, no he visto hoy a las filas de parados ante la oficina de empleo, puesto que es sábado, aunque sí había gente esperando en el comedor social del barrio: esas familias desahuciadas de sus casas que vagan con lo puesto. Iba a celebrar mi cumpleaños y, a pesar de saber que lo hago con mucho esfuerzo (yo mismo llevo ya algunos meses en el paro y en infructuosa búsqueda de un puesto de trabajo, a pesar de las certezas del lumbreras en el Poder), me he sentido avergonzado de poder hacer -por el momento-  lo que ellos ni sueñan.

Y me he preguntado por los derechos sociales que nuestros abuelos lograran. Me he preguntado por qué, cómo y cuándo hemos vuelto a entregarle al patrón todo el poder, dejando en sus manos la modificación de las condiciones laborales e invalidando la fuerza que al obrero le venía de sus convenios. Sumamos ya casi seis millones de parados. Los patronos ya lo han conseguido. Han vuelto a abaratar tanto la mano de obra que los trabajadores estamos ya dispuestos a aceptar cualquier cosa, a cualquier precio.

Hace unos días estuvimos, mi mujer y yo, apoyando a los mineros de Asturias. En la llegada a Madrid de esa marcha negra que nos dio la luz y la alegría momentánea de otros tiempos. Fue impresionante verles llegar a la altura del arco de Moncloa, sucios, cansados, desaliñados y dignos. Hombres con mayúsculas. Impresionante y triste. Catalizaron muchos sentimientos de todos los que estuvimos allí. Nos arrojaron a la cara nuestro miedo, nuestra sumisión, nuestra cobardía. O lo recogieron y nos lo devolvieron convertido en dignidad. En hombría. En lucha. Y nos sentimos pequeños. Nos pusieron un espejo delante y nos vimos como realmente somos. Y yo me vi a mi y vi a España. Ellos eran una estampa del pasado. Ellos eran mis lecturas infantiles de Dickens, o las juveniles de Zola. Una estampa curiosa, antigua, que volvía a mi presente y me sobrecogía.

Añadamos a eso, como a un guiso perfecto, a nuestro monarca matando elefantes junto a su concubina alemana; al juez meapilas de misa diaria viajando y regalándose junto a su “guarda-traseros” en salchicheros paraísos marbellíes, los recortes sociales y económicos o las reformas llevadas a cabo a espaldas de los ciudadanos. Salpimentemos con unos toques de esos “hombres-anuncio” de chaleco fluorescente amarillo que compran y/o venden oro en la Puerta del Sol en una vuelta de tuerca posmoderna a la decimonónica usura, añadamos unas gotas de un ministro de Economía, Luís de Guindos, ex-empleado de Lehman Brothers buscando los putos 300.000 millones fallidos de sus balances inmobiliarios, a una Abogada General del Estado, Marta Silva de la Puerta, que fue la principal asesora legal y personal de las principales constructoras involucradas en este escándalo, a un presidente en funciones del CGPJ, Fernando de Rosa Torner, conseller de Camps en los años de la Gúrtel, a los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP, que cambian la Constitución a su antojo para dar prioridad al pago de la deuda sobre los derechos sociales, cargándose el sentido primigenio de nuestra Constitución. Ese mismo que dice que somos un Estado social y democrático de derecho.

Estado social… Esto es de coña: cientos de desahucios diarios, casi seis millones de parados, universidad para élites, escuela pública convertida en un ghetto, sanidad dinamitada, plazas hospitalarias en disminución…

Estado democrático… cuyos ciudadanos no pueden elegir el pago de la deuda, o los cambios en su Constitución…

Estado de derecho… no quiero imaginarme a Dívar en sus noches marbellíes, me da un poco de asco, sobre todo si pillaban en sábado y el domingo siguiente iba a misa de doce; o la actuación vergonzosa de esos policías y sus supuestos infiltrados, atacando furibundos a simples ciudadanos indignados.

Como ha dejado escrito Isaac Rosa en algún lado, esto se parece mucho a una vuelta a los años sesenta, sí. Pero del siglo XIX.

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