Elogio del Gris

Todo es gris. El cielo, el mar, la arena de la playa, el aire que nos envuelve, las piedras… Vivir cerca del mar confiere a los días tonalidades tan sorprendentes que les dan el poder de modificar tu ser interior. Existen días tan azules, que te llenan de tanta energía y alegría que uno se pregunta de dónde coño sacaron los ingleses esa identificación entre azul y tristeza. Quizá por eso vienen en hordas a nuestras playas. Para demostrarse a sí mismos que el azul es el estado de la añoranza, de su añoranza, por el cielo que nunca tendrán allí. Para los alemanes estar azul es estar borracho como una cuba: Mallorca, Ibiza, Levante,… Buscan nuestro azul como buscan la cerveza o el vino rosado que ingieren en cantidades asustadoras: para bebérselo hasta el infinito y así entrar diariamente, durante sus vacaciones, en el Valhalla prometido. Los puritanos americanos utilizan el azul como sinónimo de obscenidad, los rusos para eufemizar la homosexualidad…

Aquí, en el Mediterráneo, los latinos empleamos el azul para hablar de plenitud, de vitalidad, de luz, de energía, de alegría, de cuerpos desnudos que se dejan abrazar por la brisa del levante o quemar por el poniente. De paellas o sardinas asadas, de castillos de arena, de olor a algas pudriéndose después de los temporales, de luz blanca y metálica que perfora nuestras retinas, de calor, de amor.

Pero hoy todo es gris. Es invierno en el Mediterráneo y hoy están en guerra sin cuartel el blanco y el negro. Hoy es el día de los tristes, de los que pasan desapercibidos, hoy es el triunfo de las vidas sin objetivo, de las existencias sin sentido. Hoy es el triunfo de los maniqueos, del dualismo. Hoy, los dos principios opuestos luchan, irreductibles en su enemistad. Así, Ormuz, encarnación de la luz, se ve atacado por Ahrimán, señor de las tinieblas. Y en medio de esta lucha sin cuartel, que siempre termina con la derrota de la luz, los maniqueos que nos rodean se congratulan de la eterna inocencia del hombre y le perdonan las ofensas cometidas disculpándolas en nombre del Mal que inevitablemente les domina. Todo es gris, ahora. Hasta no hace mucho todo era color de otoño. Y en otoño el mar es verde porque tiene la esperanza de volver a ser azul en verano. Y se pone verde porque no puede evitar querer ser como el cielo. El mar es sinople en otoño. El mar en otoño es moro. Es un bosque lozano donde perderse en momentos de agobio.

Pero hoy todo es gris. Y hoy todo pesa, los límites se borran, se difuminan. Hoy todo es apatía, flojera. La coraza plúmbea del cielo no parece dispuesta a dejar pasar ni el más mínimo rayo de sol. La lluvia humedece mis riñones y los deja doloridos. Es curioso cómo un día gris anima a buscar el calor y el color del rojo. Rojo de fuego. De chimenea. Rojo color de tu hogar, de tus sillones donde refugiarte, envuelto en una amorosa y caliente manta mientras tus pestañas se rizan por el calor que sale del hueco de ladrillos donde se queman los troncos de olivo, impregnando el aire de sabiduría de siglos, de olor de hogar, de historias contadas alrededor del fuego.

Hoy es todo gris. Hasta la espuma que salta al romper las olas. Las gotas que se agarran al cristal de mis ventanas. Mis manos que asen las pluma con que esto escribo. La tinta que araña el papel, el papel de mi cuaderno. Mi ánimo.

Pasan las horas, imperceptibles. El tiempo discurre con un silencio especial los días grises. El tiempo pasa sin dejar huella, sin dejar rastro, sin dejar historia. Es un tiempo que pide perdón por ocupar el tiempo del buen tiempo. Horas, minutos, segundos anodinos, uniformes, invisibles, imperceptibles. Los hechos más gloriosos, los crímenes más horrendos, pasan inadvertidos en días como hoy. Porque nadie quiere fijar su atención en nada que ocurra en días grises. Por eso, si quieres ser un elegido de los dioses, un atleta olímpico o el criminal genocida más odiado, espera a realizar tu hazaña en un día azul o en un día blanco. O espera a la negra noche.

Pero evita los días grises. Nadie te estará mirando.

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