De las bifurcaciones (20 de enero de 2012)

Estoy en la sala VIP de la estación de ferrocarril de Atocha. En Madrid. De nuevo al encuentro de hormigas incautas que se acojan al demencial proyecto que tengo entre manos. A mi derecha, escribiendo incansable, apoyado en su obesidad y ceñido por una camisa azul, Carlos Carnicero. Periodista al que leo y de los pocos que merecen mi respeto. No hay tiempo para nada. Me llaman para embarcar. Algunas horas para leer, algunas horas para escribir. Solo. Con el recuerdo de mi pantera y el sabor de sus labios en los míos.

Hoy hemos desayunado juntos. Hacía muchos meses que no lo hacíamos. No entre semana. Algo bueno entre tanta mierda. Tantas prisas. Tanta basura. ¿Cómo irá hoy? ¿Con quién, con qué me encontraré? Al final, cambian las caras, cambia el entorno, pero todo sigue siendo igual. Mensajes indirectos en los periódicos. Presión demoledora. En los tiempos que corren, si con cincuenta años caes en las garras del paro estás condenado irremisiblemente a vagar por ese hades que nuestros próceres han preparado para nosotros, las putas hormigas.

Y uno no puede hacer más que lo que hace. Resistir. Luchar. Tragar toda la mierda que diariamente te sirven en bandeja para impedir que te arrojen fuera de esta balsa de la medusa. Agachar la cabeza cuando, en lo más profundo de tus entrañas te gustaría escupir en la cara de “esos” lo que te corroe por dentro. Hacerse cómplice de trapicherías, mamoneos y otras mierdas. Nadar intentando que, al menos, la mierda viscosa que te rodea no te llegue al cerebro. No cubra tus neuronas y te haga cambiar. Cuidar tu cueva. Blindarla para que las arremetidas del enemigo no derrumben tus defensas. Conservar limpios tus paraísos. Que son pocos. Tu estupenda mujer. Tus hijos. Tus libros. Tus cuadros. Tus esculturas. Tu música. Aquello que siempre ha contribuido a proteger tu integridad, a salvaguardar tu intelecto. Aquello que te ha hecho diferente.

El tren arranca. Me dejo mecer por la vibración que transmiten sus ejes. A mi alrededor, hormigas con alas (la categoría intermedia de las hormigas) están abriendo sus ordenadores. Todos a la vez, como impelidos por una única voz interna que resuena en todos ellos. Necesitan estar conectados con sus centrales para que les vean productivos. No vaya a ser que piensen lo contrario. Qué asco. Cuánta basura.

Leo en el periódico una frase que me impacta. Es de Gabriel Marcel, filósofo francés. Dice más o menos así: “cuando uno no vive como piensa, acaba pensando cómo vive”. Y me hace reflexionar. ¿Me he planteado seriamente cuál es el sentido de todo esto? Es posible que mis fracasos deriven de este simple (no tan simple) hecho. ¿O este itinerario que estoy siguiendo es producto de una decisión nítida y categórica surgida de mi interior más enigmático?

En cualquier caso, habiendo otro factor incontrolable, no tiene mucho sentido enfocar este problema desde este ángulo. El entorno. Si el entorno muta, si las premisas iniciales no se mantienen, entonces las decisiones no valen. Y de ahí surge la necesidad de cambio. Cuando las paredes de la habitación comienzan a estrecharse, hay que salir de la habitación, antes de resultar aplastado. Así, uno reflexionó y decidió vivir como pensaba. Encaminó sus pasos por el camino que más se ajustaba a sus necesidades y preferencias. Apretando el culo, avanzó por él. Se internó por veredas, bosques, valles y montañas que le gustaron hasta que, súbitamente, al doblar un recodo, se encontró con un paisaje desolador. Todo había cambiado. Aridez. Sequía. Desolación. Tristeza. Este ya no era su camino. Aquí no disfrutaba caminando. Pero tenía que seguir. Pararse significaba morir. Quizás en otro recodo todo volviera a ser como antes. Pero desde ese momento sigo alcanzando cotas, subiendo rampas, bajando pistas, doblando recodos. Y cada vez, cuando asomo los ojos con la confianza (cada vez menor) de ver la mutación del entorno, descubro desolado (cada vez menos) que todo continúa igual. Un paisaje radioactivo. Ceniciento. Opaco. Sin agua. Sin provisiones. Y un solo pensamiento. Sólo una salida. Seguir caminando. Poner un pie delante del otro y el otro delante del otro y el otro delante del otro. Siguiendo a tu nariz. Buscando el recodo definitivo. Tántalo moderno. Y lo peor es la escondida sensación de que ese recodo no existe. Que estaba en otro camino. En aquella o aquellas bifurcaciones a las que llegaste. Aquellas en las que tuviste que decidir izquierda o derecha. Jugándotelo todo. Y lo hiciste. Lo hiciste. Con dos cojones. Y todavía no sabes -aunque lo intuyes- si la elección fue la apropiada. Puta ruleta. Puta suerte.

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