De la construcción de un juicio estético (22 de enero de 2012)

Mañana en el museo. Con mis hijos. De forma intencionada les hemos llevado a la sección de arte moderno. Queríamos estudiar sus reacciones, oír sus comentarios, aprender con ellos.

¿Cómo convertirles en aficionados, en apasionados del arte? Ante un lenguaje complejo, como el que se desarrollaba en esas salas, ante sus predecibles reacciones y su (casi) rechazo, desplegamos nuestros intentos por darles un descodificador. Descodificador como traductor de lo que contemplan. Descodificador que les ayude a construir un juicio. Claro que hemos tenido que luchar contra iPhones e iPods y sus mensajes y músicas insistentes. Todo en esta vida es comunicación y, en este contexto, tanta tecnología es un puro ruido que dificulta que mis receptores preferidos consigan descifrar (ni tan siquiera oír) nuestro mensaje.

Pero no nos rendimos. Nuestro mensaje, nuestra intención es ayudarles a fabricarse un gusto (en esta ocasión gusto por el arte) de la mano de un juicio estético. No el nuestro, por supuesto. El suyo propio. Y para fabricarse ese gusto es imprescindible que aprendan a juzgar.

Para ello, la educación de sus sentidos. Para percibir arte en lo que estaban viendo de nuestra mano, apelamos insistentemente a sus sensaciones. Qué ven, qué perciben. Y veíamos y comprobábamos que se sentían perdidos, que no lo comprendían, que estaban confundidos. Y nos ha gustado. Nos ha gustado verles equivocarse, dar rodeos para evitar pronunciarse ante tal o cual cuadro. Incluso negarle la categoría de arte a alguno de ellos. Nos ha gustado seguir sin obtener resultados netos en esta nueva intentona.

Todavía es muy temprano. Hace falta más tiempo, hace falta más paciencia. Y humildad, por supuesto. Ya tienen el valor, nosotros la tenacidad y la determinación. El camino será más o menos largo, pero siempre habrá resultados según sea nuestro empeño y sus capacidades. Construir en ellos un juicio supone método y orden, además de una guía. En el colegio no educan así, pero nosotros sí podemos. Y ellos quieren.

Nuestras recomendaciones son siempre las mismas: frecuentad museos -tantas veces como podáis- en todas las ciudades que visitéis. Asistid con asiduidad a las salas de concierto y a los teatros de ópera de todo el mundo. Cuando paseéis por las calles, mirad hacia arriba a los edificios y disfrutad de la arquitectura. Parad en todas las galerías de arte que hay diseminadas por las calles y estad al día de todas las exposiciones que se celebren allí donde estéis. Escuchad emisoras de radio especializadas en la música en que os gustaría iniciaros. Bebed y comed, si es posible, vinos y platos de calidad. Y siempre, siempre, ejerced en cada ocasión vuestro gusto, emitid vuestras impresiones (bien públicamente de forma oral o en privado en forma escrita). Verbalizadlo contándoselo a vuestros amigos o a vuestros padres. Todo ello contribuye a la formación de vuestra sensibilidad, de vuestra sensualidad, además de vuestra inteligencia. Todo ello desembocará finalmente en la formación de vuestro juicio.

Así, con el pasar del tiempo, un día sin aviso, el ejercicio de vuestro juicio aparecerá, simple y sorpresivamente. Justo en ese momento descubriréis un placer ignorado por el vulgo profanador, por la inmensa mayoría. En cualquier caso seréis diferentes de los que se conforman, delante de una obra de arte, con reproducir los tópicos de vuestra época, de vuestros conocidos, de vuestros amigos o de vuestro entorno.

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