Bucólica y virgílica

A estas alturas de la vida uno ya aspira a cosas simples como ser decente, estar delgado, poder disfrutar cada noche del cuerpo y del espíritu de tu mujer, elegir cuidadosamente los alimentos que quieres y no dejarte sorprender por el cambio de las estaciones. Tener tus libros a mano, poder pasear la vista por sus lomos, sentir su llamada y, al abrirlos al azar, dejándote envolver por el aire que atraparon entre sus hojas en aquél instante pasado en que los abriste por última vez, reconocer su alma como la de aquel amigo al que perdiste el rastro, como la de tu perro, que ya no está contigo pero que seguro sigue persiguiendo mirlos o gaviotas en otros jardines o en otras playas. Poder escuchar tus viejos discos cuando quieras, alternando sin orden jazz, ópera o boleros, organizándolos una y otra vez con un estudiado orden que sólo tú conoces. Dejar vagar la vista cansada por tus cuadros, serigrafías, litografías, acuarelas, óleos o collages que tan afanosa y costosamente reuniste en lo que ahora, un poco pretenciosamente, llamas tu colección de arte. Girar la cabeza hacia el jardín, rebosante de verde y contemplar la sabiduría leñosa y áspera de los olivos que tienes enfrente y pensar que hace doscientos años ellos ya eran, y tú no. Que pasarán las pasiones, los ideales, las políticas, las religiones y las revoluciones; que morirán los líderes políticos, y los espirituales; que caerán multinacionales y se levantarán otras nuevas y ellos, mis olivos, seguirán ahí, testigos divertidos y reflexivos de la pequeña estupidez humana.

Esperar a esta noche, como cada noche, a ungirme de amor y arrebato en ella. Descubrir su cuerpo otra vez, besar de nuevo, por primera vez, cada milímetro de su piel canela, piel de india, olor de amazona del Amazonas, atisbar pasados de esclavitud en su fisonomía, negra de mi alma, preta de mi corazón, pantera elegante y enigmática, que cada noche, abierta en flor para mí, me da una pista más para terminar de descubrir, de una vez por todas, los arcanos del amor. De este amor tan absoluto, tan radical, tan único. Sentirla abierta por mí y poder aspirar sus efluvios de selvas, de palacios, de senzalas, tan penetrantes como enigmáticos como adictivos como atrayentes… Oirla gritar gritos de tiempos inmemoriales, sonidos guturales de pasados remotos, exclamaciones que me erizan el vello y me excitan hasta el paroxismo.

Puede que mi juventud haya huido hacia otras playas, hacia otros cuerpos, pero, aún así, hoy como ayer, levanto mi copa de vino y brindo. Que nadie llore por los días perdidos, por los placeres que no sacrificó a la prudencia, por los impulsos que no se ahogaron. Brindo por la hermosura de mi mujer. Por la memoria de las horas que hemos pasado y que pasaremos juntos. Brindo por las verduras que como, por el vino que bebo, por la poesía que leo, por el sol del que me protejo con mi sombrero de paja, por el Mediterráneo en mi ventana, por la luz del aceite de olivo, por mi presente y por mi futuro. Brindo por estos momentos de inmortalidad.

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