La Montaña en la filosofía oriental

Para la filosofía oriental -sobre todo la china, de la que se nutre la japonesa- el mundo espiritual tiene tres niveles:

  • en el plano superior se sitúa el Cielo, del que es representación la cima de la montaña
  • el inferior es el suelo, la tierra, el principio femenino
  • el plano intermedio es el hombre

Su búsqueda particular, la que le lleva a emprender el viaje interior, debe encaminarse siempre desde abajo (el suelo) hacia arriba (el cielo). El cielo como lugar espiritual que puede alcanzarse en vida (en una concepción distinta a la religión judío-cristiana) es el destino último del ser humano y en él, por tanto, residen todos los atributos espirituales, mientras que la tierra es el origen de las necesidades corporales y los instintos.

El hombre es un mero intermediario que puede decidir quedarse abajo (en la oscuridad indiferenciada de la tierra) o elevarse mediante ejercicios intelectuales y espirituales. La montaña es el lugar privilegiado para ello. Esta filosofía que impregna todos los actos de la cotidianidad oriental puede resumirse de la siguiente forma:

El hombre es un caballo que arrastra un carro (los instintos) que conduce un auriga (la psique superior elevada hacia la divinidad). Por tanto, la misión del hombre es la de dirigirse hacia ese espacio superior representado por la Montaña.

La Montaña es, prácticamente en todas las culturas sobre el planeta Tierra, el lugar sagrado por excelencia. “El símbolo de una Montaña, de un Árbol o de un Pilar situados en el Centro del Mundo se halla extraordinariamente extendido (Mircea Elíade, Imágenes y Símbolos, 1979, pág. 45).

La Montaña forma una imagen arquetípica con la misma significación que el árbol del mundo o el centro místico. Es allí donde se produce la revelación (Moisés y las tablas de la ley). Es el lugar donde se retiran sacerdotes, ascetas y debutantes de la vida santa.

La Montaña como lugar sagrado

La Montaña encierra en sí dos sentidos simbólicos: el de centro del mundo y el de ascensión. Ambos enlazan con la vida mística o con el camino de superación. Escalar la Montaña, superar la Montaña, ir a la Montaña y salir vivo de ella supone un crecimiento físico y espiritual. El hecho hace que el hombre que se embarque en esa tarea ya sea extraordinario. La montaña en sí es peligrosa. A quien se dirige a la montaña nunca lo empuja un acto trivial. Sus senderos indican el camino de la autosuperación y del mejoramiento, todo ello, por supuesto, desde el punto de vista de los símbolos.

La Montaña es la morada de los dioses. Es la topografía que se eleva hacia el cielo, hacia el lugar donde reside lo sagrado y, por ende, todo aquello de espiritual que forma el hombre. Dirigirse a la Montaña es entrar en contacto con la divinidad, con aquello superior que inspira la humanidad. Y este camino exige del debutante no solo una purificación y un ritual sino también un sacrificio. El que va a la Montaña se enfrenta a su lado oscuro, con aquello de inconsciente, animal y primigenio que está en él. Vencer a la Montaña es vencerse a sí mismo. La Montaña es el destino preferido para ejercer la vía purgativa.

Esta andadura física y espiritual participa a partes iguales de la odisea y de la vida mística.

A la Montaña no se va para nada. Se inicia el camino para encontrarse con otro intangible y espiritual. El camino es arduo y peligroso.

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